PABLO, LA LEY, Y LA GRACIA.

        Pablo encuentra una gran diferencia entre el camino sin salida (la ley) y el camino que llega a Dios en las Escrituras del Antiguo Testamento. Emplea dos citas de la Torá, una de Levítico (18,5) y otra de Deuteronomio (30,11-14). La primera cita dice que el hombre que haga estas cosas (guardar los mandamientos de Dios) vivirá por ellas. El camino hacia la salvación es el de obediencia a Dios, pero esta obediencia es imposible debido a nuestra naturaleza pecaminosa que no se puede someter a Él. Pablo emplea la segunda cita de Deuteronomio sólo para mostrar que hay un camino que es realmente accesible. La palabra de la alianza de Dios está tan cerca, que no es necesario hacer cualquier empeño para llegar a Dios. Así es el evangelio, como Moisés dice en Deuteronomio 30, que no tenemos que buscar la justicia muy lejos, sino que ella está muy cerca. No dependemos de nuestros esfuerzos para llegar a Dios, como si tuviéramos que subir al cielo o descender al abismo. Esforzarse para llegar a Dios es negar la obra de Cristo. Él subió al cielo  con su sacrificio consumado; Él murió y fue sepultado, pero también resucitó. No tenemos un Cristo muerto, sino vivo; cuya obra es válida ante el Padre para cubrir todas nuestras culpas. La justicia está muy cerca: no la alcanzamos por medio de nuestro empeño, sólo por Cristo. Somos salvos si confesamos con la boca que Jesús es el Señor, y si creemos de corazón que Dios le levantó de los muertos. Cristo es el Señor: Él dispone de gracia y perdón para ofrecérsenos a nosotros gratuitamente. Él murió y resucitó para ganar una salvación completa. Todo aquel que creyere en Él, no será avergonzado; sea judío o sea gentil, porque no hay diferencia. La sola obra de Cristo es suficiente para todos los que invocan su nombre. Invocar el nombre del Señor es una cita de Joel 2, ya aplicado por Pedro en Hechos 2 a Cristo. El que acude a Él para salvación la obtendrá.